Sin Volición

La presencia y el propósito del movimiento ideomotriz
(traducido libremente de The Presence and Purpose of Ideomotor Movement)

Barrett L. Dorko, P.T.

La presencia del movimiento ideomotriz

Aunque raramente mencionadas en discusiones sobre el movimiento humano, en la literatura médica están presentes descripciones sobre la actividad ideomotriz comenzando en 1852 cuando The Proceedings of the Royal Institution reimprimió una conferencia de William Carpenter, quien identificó la actividad ideomotriz como una tercera categoría de comportamiento instintivo inconsciente que también incluía la actividad excitomotriz (respirar y tragar) y sensomotriz (reacciones reflejas). El movimiento ideomotriz es secundario al pensamiento y se origina en las áreas anteriores del cerebro.

El descubrimiento de su presencia y las descripciones de complejos estudios demostrando su manifestación llevados a cabo en los siglos XIX y XX pueden consultarse en el texto de Hermann Spitz (ver fuentes).

En pocas palabras, la acción ideomotriz está bien documentada y la realidad de su presencia nunca ha sido refutada. En cambio, parece simplemente haber sido olvidada. Como afirma Ray Hyman, “aunque los efectos de la acción ideomotriz se comprenden desde hace al menos 150 años, el fenómeno permanece sorprendentemente desconocido incluso para los científicos”.

La acción ideomotriz es referida como “travesura” porque su desconocida presencia es realmente la razón del movimiento que ocurre en actividades como la rabdomancia, el juego de la Ouija o la “comunicación facilitada”. De hecho, sobre toda actividad en la cual la causa del movimiento es atribuida a fuerzas que trascienden nuestros sentidos o son descritas como de naturaleza metafísica, debería sospecharse que comienza con un movimiento que no planeamos conscientemente. La palabra “volición” resulta especialmente importante para este concepto. Definida como “el poder de elección; el acto de realizar una elección o tomar una decisión; intencionado”, la volición es sutilmente diferente de una simple actividad reflexiva no pensada para abarcar los centros superiores del cerebro. Y como un simple reflejo, el movimiento ideomotriz ocurre instintivamente aunque es a menudo mucho más complejo y siempre sin volición. Esta es la principal razón por la que aquellos que lo ejercen comúnmente no se hacen responsables de su manifestación o consecuencia. Presuponemos que tenemos control consciente de nuestros movimientos la mayor parte del tiempo y resulta difícil convencer a la gente de lo contrario bajo circunstancias ordinarias.

Los movimientos, especialmente aquéllos complejos y significativos sin volición, son un importante aspecto de nuestra capacidad de comunicación. Esto ha sido demostrado en numerosos estudios detallando los aspectos no verbales de la conversación (ver fuentes). Sin ellos, simplemente esperamos que los demás nos malinterpreten, aunque nuestras palabras sean las mismas escritas o habladas por teléfono. Estos movimientos son por definición ideomotrices en esencia, y cuanto mayor es la precisión con la que queremos ser comprendidos, más los empleamos. Cuando sentimos que debemos reprimirlos debido a alguna eventual convención social, su pérdida será sentida como una restricción mediante una contracción isométrica de la musculatura empleada normalmente para su expresión.

La consiguiente restricción en un rango normal de movimiento podría ser atribuída a alguna disfunción del tejido articular o conectivo si nunca se tiene en cuenta su origen en la sublimación de una acción ideomotriz total. Imagínese estar desesperado por hablar en voz alta pero que no le está permitido hacerlo. ¿No se contraerían los músculos de su garganta isométricamente? Como afirma William James, “Siempre que un movimiento subsigue inmediatatamente y sin vacilación a la propia idea de tal movimiento, tenemos acción ideomotriz. (Esto no es una rareza) sino simplemente el proceso normal… y tenemos que asumir como cierto que toda representación mental de un movimiento despierta en algún grado el movimiento real del que es objeto; y lo despierta en grado máximo siempre que no se trata de evitar mediante una representación antagónica presente en la mente de forma simultánea.” (énfasis mío)
Recuerde que las neuronas reciben muchas señales a la vez. El efecto total estará determinado mediante la adición de aquéllas que son excitativas y la sustracción de aquéllas que son inhibitorias.

Si tuviésemos que describir una cultura donde la libertad de expresión estuviese restringida, probablemente nos percataríamos de una tensión crónica en la garganta; una manera de hablar que sería forzada y formal y no siempre auténtica.
El deseo reprimido de mover libremente la boca se haría evidente en aquellos músculos diseñados para ello. Habría probablemente gente responsable de mantener a los demás callados y, en complicidad, la cultura procedería de tal forma para no causar desórdenes.

Si nosotros, como cultura, no estuviésemos cómodos con la expresión corporal que es única y motivada inconscientemente, se produciría una profunda suspicacia con respecto a la actividad ideomotriz, especialmente en su expresión total. Crearíamos un “ideal” de postura que sería en gran parte estático en esencia y, cuando se permitiera cambiarlo, sería tan solo posible en formas específicas y coreografiadas. Por supuesto, resultaría virtualmente imposible eliminar completamente esta actividad instintiva, y todos aquellos que rompieran con las tradiciones impuestas sobre posturas y movimientos posiblemente no podrían ser encerrados. Serían de hecho demasiados. Pero, creo, sería simplemente posible emplear el ideal de tranquilidad y rectitud del cuerpo como un modelo de disciplina, serenidad, fuerza y moral superior.
En tal cultura, estaría claro para cualquier escolar que encorvarse y moverse nerviosamente serían actividades propias de estudiantes indeseables. Ser capaz de sentarse o permanecer de pie “en atención” durante periodos prolongados, aunque en gran medida bajo un tremendo esfuerzo o incomodidad, se convertiría en una meta inalcanzable pero constantemente deseada. Existiría incluso una profesión fundamentalmente dedicada a ayudar a los demás a permanecer rectos y quietos. Esta profesión se enseñaría mediante la reprobación de las expresiones corporales espontáneas, quizás asumiendo que se trataran de alguna forma de “comportamientos enfermizos”. Desconociendo las consecuencias de la restricción de la expresión ideomotriz (contracción isométrica inconscientemente generada), se interpretarían todas las tensiones musculares como una falta de la relajación adecuada.
Se inventarían métodos de “estiramiento” muscular combinados con admoniciones a anular conscientemente el mensaje aparentemente inapropiado del cerebro al músculo con medios intencionados de inhibición. Se requerirían grandes dosis de este “tratamiento” para mantener la expresión ideomotriz a raya. Y no funcionarían particularmente bien. Se escucharía frecuentemente de boca de estos profesionales expresiones como “no puedo tratarla, ¡simplemente no se relaja!”

Los propósitos del movimiento ideomotriz

Que este movimiento existe es irrefutable. Sus orígenes son instintivos y necesarios para una normal función. No podemos ocultar completamente nuestra intención de movernos a pesar de nuestros mayores esfuerzos cuando sentimos que el movimiento es productivo y necesario para nuestra preservación. Intentar ocultar lo que pretendemos requiere de una cuidadosa práctica y tiene aplicaciones en el mundo del deporte donde el propio oponente es igualmente entrenado con dureza en habilidades observacionales para combatir este engaño. Una discusión especialmente interesante sobre lo buenos que podemos llegar a ser en percibir la intención motriz de los demás puede encontrarse en el libro de Jeremy Campbell Winston Churchill’s Afternoon Naps (ver fuentes). Tiene que ver con evitar un golpe en boxeo a pesar del hecho de que comúnmente es deliberadamente más rápido de lo que sería posible detectarlo. Es evidente que la actividad ideomotriz precedente al movimiento visible del brazo es suficiente para darse cuenta. En otras palabras, el movimiento es “telegrafiado” y un oponente entrenado puede verlo venir. Hay otros muchos ejemplos en el deporte, pero de mayor interés para mí es algo como el “tell” en el poker (gesto o actuación inconsciente del contrincante con el cual éste revela su mano. N del T); esos pequeños comportamientos que resultan reveladores a cualquiera que se percate de ellos y los comprenda en su contexto. El clásico texto en la materia contiene un prólogo escrito por un antropólogo (ver fuentes).

Si, como sugiere William James, la actividad ideomotriz subyace bajo casi todo lo que hacemos para funcionar a lo largo del día y comienza casi imperceptiblemente en muchas instancias, ¿por qué resulta útil esta información para aquellos que tratamos con pacientes?

Describí antes una cultura donde toda expresión corporal motivada inconscientemente fuera estrictamente controlada por medio de prejuicios dominantes contra ella. Con el fin de perpetuar esto, se haría tácito que el reposo erguido o el movimiento fuera de un régimen coreografiado fuera considerado de alguna forma “insalubre”. Tengo la sensación de que esto es así donde vivo. Y en mi experiencia clínica las constantes admoniciones a una postura erguida, a “simplemente relajarse” y a seguir regímenes prescritos de ejercicios diseñados a fortalecer músculos y estirar el tejido conectivo no han resultado ser tan efectivas como se nos había enseñado.
La mayoría de los terapeutas que acuden a mis talleres padecen de problemas de dolor crónico (principalmente dorsal), y los métodos tradicionales no han sido de gran ayuda. Para mí esto resulta bastante significativo aunque se trate de un hecho raramente hablado de forma abierta.

Lo que estoy sugiriendo aquí es que la actividad ideomotriz no representa simplemente nuestros pensamientos sobre cuál es nuestra mano de poker o que exista sólo para revelar nuestro deseo de movernos sino que también está presente para corregirnos. Quiero decir que una de sus funciones primarias es la de la reducción de la deformación mecánica y esta es la principal actividad que nuestra cultura reprime.
Considérese lo siguiente: un niño en su primer día de escuela respirará y tragará (excitomotriz) y el profesor no dirá nada. Se sobresaltará en su silla si se da un portazo (sensomotriz) y nadie se quejará. Pero si se mueve en su sitio para sentirse más cómodo, si expresa miedo o anticipación o ansiedad lo cual es estimablemente inapropiado, hay muchas posibilidades de que todos estos movimientos sean reprobados.

Aunque la cultura anima eventualmente a la expresión de sentimientos mediante palabras o alguna selección de gestos, el movimiento ideomotriz, esencial para el bienestar, nunca encuentra la misma aceptación o aprobación.

Suponga que un día, como resultado final de un conjunto único de circunstancias, se crea suficiente deformación mecánica como para producir nocicepción (dolor neurológico profundo. N del T). Sin ninguna confianza en la actividad ideomotriz necesaria para la corrección (la representación antagónica presente en la mente de forma simultánea de William James), cualquiera ocultaría su expresión. La actividad isométrica resultante se confundiría por tensión y todo esfuerzo se encaminaría a su reducción, nunca a su expresión total. De cualquier forma pienso que el deseo de moverse ajeno es evidente y cuando se le anima con Contacto Simple (Simple Contact, ver fuentes) puede demostrar ser un método efectivo de alivio del dolor y recuperación del tono autonómico normal (ver el artículo de Levine en la s fuentes).

Si la terapia ignora la presencia del movimiento ideomotriz, se pierde una oportunidad de aumentar las capacidades instintivas del paciente. Cuando se malinterpreta la actividad isométrica resultante, se pierde tiempo y esfuerzo intentando deshacerse de algo que habría sido amplificado por medio de una conciencia aumentada y aceptación. Hasta que nuestra comunidad no comience a comprender más sobre las funciones a este nivel, se fracasará en la ayuda a aquellos

Fuentes

Spitz H. Nonconscious Movements: From Mystical Messages to Facilitated Communication. Manwah, NJ: Lawrence Erlbaum 1997

Carpenter WB. On the influence of suggestion in modifying and directing muscular movement, independently of volition. Proceedings of the Royal Institution of Great Britain. 1852;1:147- 153.

James W. Principles of Psychology. New York, NY: Holt; 1890

Hyman R. The Mischief-Making of Ideomotor Action. The Scientific Review of Alternative Medicine Vol.3 No.2 (Fall/Winter 1999)

Campbell J. Winston Churchill’s Afternoon Nap: A Wide-Awake Inquiry Into The Human Nature of Time. Simon and Schuster NY 1986

Signal system in communication. Frederick Erickson, 1982. Classroom discourse as improvisation: Relationships Between Academic Task Structure and Social Participation Structure in Lessons. In L.C. Wilkinson ,ed. Communicating in the Classroom. New York, Academic Press.

Caro M. The Body Language of Poker: Mike Caro’s Book of Tells. Carol publishing Group Edition 1996

Levine P. Waking the Tiger: Healing Trauma North Atlantic Books 1997

Levine P. The body as healer: A revisioning of trauma and anxiety. Somatics, 8(1) 1990

Many other essays regarding the nature of Simple Contact may be found on my web site, “The Clinician’s Manual” http://www.barrettdorko.com


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